Valiente exploración

03/Feb/2017

El País Cultural, Por Alfredo Alzugarat

Valiente exploración

La tragedia y la parodia, lo trascendental
y lo insignificante, lo anodino y lo extraordinario se imbrican en La
madriguera, la nueva novela de Milton Fornaro, hasta quedar fundidos en una
sólida historia. El protagonista es un esperpéntico detective llamado
Arquímedes B. Carson, individuo gris y miserable, de los que comen guiso
recalentado en la fonda más cercana pero reflexionan apoltronados en un trono
incomprensible —un sillón de peluquero colocado en el centro de su apartamento.
Carson, un apasionado de su vocación aunque no obtenga dinero alguno, intentará
desentrañar el misterio que se oculta tras la aparición de un esqueleto
enterrado en el sótano del Palacio Durazno, en el Barrio Sur, sitio donde
reside. No faltan las pistas erráticas que pretenderán vincular el episodio al
hoy olvidado caso Alberzoni, famoso en la crónica policial de hace medio siglo.
Pero son los vínculos con la colectividad judía, tradicionalmente asentada en
esa zona de Montevideo, tal como la familia de su amante, los dueños del
importante comercio El Emporio del Hogar y la conocida Asociación Cultural
Israelita Dr. Jaime Zhitlovsky, los que terminarán por imponérsele.
La persecución y el acoso cotidiano, la
creciente y violenta opresión que padecían los judíos de Danzig en la Europa de
los años treinta, cuando día a día se agigantaba el terror del poderío nazi, es
la otra punta de la madeja. Aquí es donde surge el segundo protagonista de esta
historia, Aarón Goldwicz, alguien formado para no respetar ningún principio
moral, ajeno a las tradiciones, a los rituales y a las autoridades religiosas
pero lo suficientemente taimado y mendaz como para pasar entre los suyos como
un hombre de buenas costumbres. Aarón no escapará al destino de su pueblo y
será internado en el campo de Stutthof, el primero construido fuera de
Alemania, al principio destinado a trabajos forzados y luego también al exterminio.
En la dura lucha por la supervivencia, Aarón no dudará en convertirse en un
colaboracionista de los nazis, una especie de capataz al servicio de los jefes
del campo, un ser abyecto capaz de mandar y reprimir a otros judíos, o de
seleccionar quienes debían morir o quienes podían integrar los sonderkommandos,
las unidades especiales que trabajaban en las cámaras de gas y en los hornos
crematorios. Es un personaje al que el narrador dispensa la mayor atención y
que mucho recuerda a João Arístides de Souza Netto, el protagonista de Un señor
de la frontera, la anterior narración de Fornaro. Siguiendo sus pasos, el
lector asiste al siniestro andamiaje que hizo posible la muerte de millones de
personas, la optimización industrial para llevar a cabo la masacre en el menor
tiempo posible, la búsqueda desesperada de privilegios, la prostitución de
prisioneras, el detalle escalofriante que no se menciona a menudo.
El tercer protagonista, Yankev Kucek, es un
joven que en su niñez fue trasladado a Palestina cuando aún se hallaba bajo
dominio de Inglaterra. Se formó en un kibutz de pioneros en la inmensidad del
desierto y coronó su aprendizaje convirtiéndose en experto falsificador al
servicio del Mossad. Esta especialidad la permitió integrar el grupo de agentes
especiales que, siguiendo informaciones obtenidas por Simon Wiesenthal,
secuestra en Buenos Aires en 1960 al jerarca nazi Adolf Eichmann, responsable
directo de «la solución final», y lo traslada clandestinamente a
Israel. Es un momento clave para la historia judía posterior al Holocausto y
Yankev participa consciente de la importancia del hecho, aunque en su interior
su mayor anhelo es conocer el destino de su padre, Nathan, desaparecido en el
frente ruso durante el transcurso de la guerra. Audaz, Yankev no vacila en
quebrar la rígida disciplina que debe acatar, para cumplir con su propósito
personal.
FRISO DOLOROSO.
Son las peripecias de estos tres personajes
las que unen escenarios tan distantes a la vez que obligan al autor a optar por
distintas estrategias narrativas.
Todos ellos se apartan de sus rutinas para
cumplir con sus obsesiones. Lo que comienza siendo la risueña parodia de una
simple novela policial a la uruguaya, de las que abundan en los últimos tiempos
—esas que encauzan investigaciones ridículas y sin relieve— crece en
importancia hasta desembocar en un friso de dolorosos acontecimientos del siglo
pasado que serán abordados en su total dimensión. El acento estará puesto en
aspectos tan polémicos como los que citara Hannah Arendt en su famoso libro
Eichmann en Jerusalén o aún antes, en 1955, por parte del historiador austríaco
Raul Hilberg en su tesis sobre La destrucción de los judíos europeos. De
acuerdo a estas fuentes —una rigurosa explicación del conjunto de factores que
hicieron posible el Holocausto, aunque no la única— se debe incluir, a más de
la diabólica maquinaria nazi y sus aliados, «el papel que desempeñaron los
dirigentes judíos en la destrucción de su propio pueblo que constituye, sin
duda alguna, uno de los más tenebrosos capítulos de la tenebrosa historia de
los padecimientos de los judíos en Europa», afirma Arendt, y agrega:
«En Amsterdam al igual que en Varsovia, en Berlín al igual que en
Budapest, los representantes del pueblo judío formaban listas de individuos de
su pueblo, con expresiones de los bienes que poseían; obtenían dinero de los
deportados a fin de pagar los gastos de su deportación y exterminio; llevaban
un registro de las viviendas que quedaban libres; proporcionaban fuerzas de
policía judía para que colaboraran en la detección de otros judíos y los
embarcaban en los trenes que debían conducirlos a la muerte; e incluso, como un
último gesto de colaboración, entregaban las cuentas del activo de los judíos,
en perfecto orden, para facilitar a los nazis su confiscación. Distribuían
enseñas con la estrella amarilla y, en ocasiones, como ocurrió en Varsovia, la
venta de brazaletes llegó a ser un negocio de seguros beneficios; había
brazaletes de tela ordinaria y brazaletes de lujo, de material plástico lavable».
En la posguerra, las consecuencias de esa
infamia permanecieron soterradas en la vida cotidiana de los sobrevivientes por
mucho tiempo pero, a partir de las revelaciones del caso Eichmann y otras
memorias de sobrevivientes, algunos ecos llegaron hasta nuestros días.
CONDICIÓN HUMANA.
La «madriguera» del título puede
ser tanto el sórdido paisaje de la corrupción en Danzig, como el campo de
exterminio nazi o el decadente Palacio Durazno, pero más allá de quién es el
homicida y de quién es la víctima y de si es posible sesenta años después
llegar a la verdad, una vez más es la valiente exploración de «la
despiadada condición humana», como dice la novela en la página 546, lo que
importa y da razón a cuanto sucede. Milton Fornaro nuevamente ha hecho escala
en su gran tema.
LA MADRIGUERA, de Milton Fornaro.
Alfaguara, 2016. Montevideo, 551 págs. Distribuye Penguin Random House.